8.
DOS SEÑORAS EN
LA CALLE:
Una le dice a la otra: ¿Viste el viento de ayer, ¡terrible! No, donde yo estaba no había viento, le contesta la otra. Sí, había mucho viento en la esquina de Triunvirato y Juramento. No, no había, insiste la que escucha. La mujer que protagonizó y sufrió la escena del viento se esfuerza por comunicar su experiencia y al final es como si el viento hubiera estado todo junto apretado en esa esquina, esa esquina epicentro de un huracán: Triunvirato y Juramento, solo ahí. Por la forma en que hablaban las dos, a los gritos, daba la impresión de que se habían tragado el viento del día anterior de principio a fin. Sí que había viento ayer y no solo en esa esquina, pero no quise decirlo para no decepcionar a nadie.
Publicado en Facebook -15-10-21
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9.
Vienen a reparar la vereda que rompieron. Les digo: ¿Son de Segba? No, doña, somos de Edenor, Segba ya no existe, me dicen. Me pregunto cuántas cosas más que ya no existen están en mi boca. Mi lenguaje, encariñado con épocas pasadas, alcahuetea los años que he vivido ¿Los años al acumularse nos hacen darle la espalda al presente?, ¿los años y las palabras se unieron en alianza conspirativa? ¿es tan denso el lenguaje que el tiempo no lo traspasa? En fin, quiero suponer que las palabras apenas soportan el desgaste de los años: son mágicas y hacen de nuestra memoria un discreto tesoro que juega con los poderes del tiempo.
Publicado en Facebook 6-10-21
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10.
Voy a comprar verdura y frutas a un lugar donde hasta hace pocos meses había una librería, antiquísima, aquí en mi barrio en la que más de una vez compré libros para mi sobrino. Es raro ahora entrar allí, el clima resulta gratísimo con todo ese colorido y hay algo más, algo inexplicable. No sé. Me acuerdo que, apurada, arrastrando una valija camino a la provincia de Corrientes, vi que estaban vaciando el local. Me estremecí. Para nosotros, los escritores, que cierren una librería es casi lo que mismo que a los actores les derrumben un teatro. Fue algo parecido a pasar delante de un entierro. Y lo más impresionante fue ver enormes bolsas apoyadas en el borde del cordón de la vereda, repletas de libros. Husmeé. Mi falta de tiempo, mi miedo por perder el micro no me permitieron quedarme para rescatar algo de ese derrumbe, pensé en las escuelas de frontera, en mi vida en Misiones, se me cruzaron montones de imágenes. El viaje me sacó a las corridas de allí. Hoy al buscar mis verduras la compra tiene para mí un poco de la música de un tango.
12.
El pomelo no es una vulgar e inocente fruta como han pretendido hacernos creer. Recordemos que es capaz de rodar, lo que no es un detalle menor, porque al rodar igual que una pelota puede profugarse de una cesta con total elegancia y disimulo y, por supuesto, mala intención.
Y con esto está todo dicho.
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13.
Salí a comprar milanesas de quínoa pero por desgracia me había olvidado de que la dietética cierra los sábados por la tarde en verano. Así es que rumbeé para la verdulería. La verdad todo lo que vi estaba bastante chamuscadito. Los zapallitos bien, se salvaron las cebollas pero ay, los ajíes, parecían envejecidos de prepo. Comenté: mire, mire qué deprimidos están estos ajíes. Tengo otros, me contestó el verdulero. Y sí, los otros eran juveniles. Los compré. Después estuve todo el día acordándome de los ajíes tristes y no sé, me quedaron como uno de esos recuerdos que no se pueden sacar del alma. Nada, nadie en este mundo merece un final así, tan demoledor como el de esos ajíes que me vieron salir con los otros, los juveniles, tan campante (perdón que insista en hablar del tema de las verdulerías, es que soy vegetariana y frutas y verduras son el sustento de mi vida y mi vida en estos tiempos necesita de mucho sustento)
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14.
Ayer. Viaje en colectivo. Una mujer me pregunta si soy siria. Le explico
que desciendo de italianos del norte, rubios, pero que mi madre, a quien casi no conocí, tuvo una abuela mora. Otra mujer dice que ella sí es musulmana, la
que me preguntó confiesa, frunciendo
mucho su boca, que ella es siria pero ortodoxa. Entonces salta una cuarta que
nos mira y soltando al aire su voz finita nos dice con entera convicción:
Entonces ustedes saben leer las manos. Y nos extendió su palma boca arriba para que le adivináramos
el porvenir. (Desde un pedestal distante
mi bisabuela mora, mi bisabuelo paleando nieve en la frontera con Austria y un
tumulto de ancestros de ojos claros me guiñaron un ojo).
Publicado en Facebook en fecha imprecisa
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