43.
Los domingos
tienen esa cualidad de transparencia que me lleva a un lugar que no tiene
nombre. Debe ser el silencio, ese sentirme rodeada por un vacío de gentes que
van y vienen y de automóviles y del batifondo de la ciudad. Pero no me engaño,
desde que tengo memoria domingo es sinónimo de familia –mi abuela, los
ravioles, la sobremesa, el dejarse estar sobre una planicie de horas que se
deslizan más allá de cualquier cosa-. La palabra “domingo” me zambulle en una
idea de tiempo desconocida, más desconocida para mí que el tiempo mismo.
44.
Cuando
era muchacha durante el verano a eso de las seis de la tarde nos bañábamos y
nos vestíamos nada más que para sentarnos en el umbral de nuestra casa. A esa
hora mi tía Nelly se sacaba los ruleros que se había puesto a la mañana y hacía
lo mismo. A mi vecina que se paraba en la puerta con sus polleras entubadas,
los camioneros y taxistas le decían piropos al pasar. A mí no, todavía no me
habían crecido los senos. Muy lejos, en el mundo todo estaba a punto de cambiar
en aquellos ya mitológicos años sesenta. Pero nosotras continuamos “haciendo
vereda” como si nada nunca pudiera dejar de ser lo que era.
Publicado en Facebook 20-11-18
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45.
GATO y CUCHILLO
Me cuenta mi hermano que el día en que vinieron a darle la medicación del corazón a mi gato Shanti cuando yo estaba de viaje, él y mi cuñada supusieron que Shanti estaba escondido bajo la cama como de costumbre, pero de pronto oyeron un ruido fuerte arriba. Ladrones, son ladrones, pensaron y subieron los dos, aterrorizados, con un cuchillo en la mano. (¡Ah, qué adorable es la inminencia del suceso inminente!) Era Shanti, nomás, que se había vuelto loco del susto. Después parece que lo espiaron escondidos a ver si tomaba el remedio disuelto en el atrayente jugo de hígado. Quiero creer que ya se habían desprendido del cuchillo. No hay nada que hacer, los Verolín somos dramáticos y sufrimos de la megalomanía del acontecimiento.
Publicado en Facebook 9-10-18......................................................
46.
Cada amor tiene su tiempo de brillar, la curva de la vida nace, se alza y decae. Ahora mi amor ha vuelto a ser la literatura. Descubro a poetas, aunque en realidad no se trata de un descubrimiento sino que siempre han estado allí, ahora puedo leer con nuevos ojos. Escritoras que narran historias y me deslumbran, me entrego a la escritura diaria, sin altibajos. El espejo de las palabras se forja a sí mismo desde un lugar remoto para mí, que estoy como de costumbre un poco alerta y, otro poco, asombrada. Debo reconocer a lo largo de los años el único amor intenso que no me ha defraudado ha sido este, el que siento hacia la literatura. Y el otro gran amor, mi grupo de amigas y amigos ha surgido de allí, como por arte de magia.
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47.
Como las golondrinas y las estaciones del año, esta semana volvieron los albañiles. Y mi cuerpo se tensó. Cortar la luz, salir corriendo a comprar materiales, ruidos, polvillo. Son los últimos retoques e, igual que en las tragedias griegas, lo que ocurre último puede ser fatal (bueno, no es para tanto…) Son sabios los materiales, responden si se respeta su integridad. Actúan de modo similar a las palabras. Lo que es vulnerado, sea cemento o lenguaje, se hace notar, pide su compostura. Todo vuelve, concluye y se reinicia: el mundo respira.
Albañiles trabajando en mi casa.
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48.
Hacer y deshacer en nuestro pequeño mundo, ¿de eso se trata vivir? Hago y deshago cada día, persisto, en ese ejercicio metódico, a veces rutinario está la clave del sentido de respirar. Vale por sí mismo, ajeno a los resultados, al llamado producto del éxito que no es más que una ilusión. La disciplina del ajetreo diario organiza mi vida y, aunque parezca mentira, le da el mejor de los brillos.
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49.
Le pregunto a mi cosmetóloga que todavía está dale que dale poniéndome crema en la cara: ¿Esto es para siempre? La miro y, por el gesto que hace, sé que si hay algo que las cosmetólogas no conocen es la palabra “siempre”-. (La palabra "siempre" es como un talismán enterrado abajo de la tierra: nadie lo ve, nadie lo encuentra) Indago: ¿Durará un año? ¿Seis meses? ¿Un mes? Silencio cosmetológico. Lo que una mujer como yo no soporta en lo más mínimo es el misterio en asuntos de coquetería, al fin de cuentas no estamos en una clase de filosofía en la Sorbona ¿no?
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