63.
- Y ...señora, hay que romper- me dice el hombre mirando
para abajo.
Esas no son palabras que alguien quiera escuchar a las ocho y media de la mañana en el baño de su casa y menos si se trata de un plomero. Ya sabemos lo que ocurre, a las palabras les siguen los hechos. No sé por qué se me hace que a ellos les encanta repetirlas, tienen algo de guerra recién emprendida, de empresa temeraria, de batalla recargada con testosterona. La cuestión es que con fuerza varonil el hombre arremetió contra mis mosaicos. La vida es un íntríngulis, decía mi abuela y los plomeros, una especie aparte. Pero son necesarios ¿será por eso que se hacen rogar tanto y no vienen el día que dicen que van a venir? Ningún baño, ninguna cocina, ninguna persona está exenta de cruzarse alguna vez con la raza vanguardista de los plomeros.
Publicado en Facebook 21-2-19
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64.
Vaya a saber por qué me acordé de esa situación: mi primer libro se presentó en San Nicolás por estímulo de Libertad Demitrópulos, que quiso que las escritoras de la entonces capital y las provincias nos conociéramos. Esta iniciativa fue en realidad una extensión del Primer Encuentro Nacional de escritoras que ella presidió. Llegué a la ciudad y me recibieron unas chicas encantadoras, me pagaron un hotel estupendo que tenía piscina - me aclararon que me llevara una malla, Dios, hacia un frío de terror- Cuando llegó la hora del evento no había nadie, a las perdidas apareció una señora a la que cuidamos como oro y otra persona más. Vinieron de la televisión y entonces para aparentar muchedumbre movían la cámara diciendo: Frente a un nutrido público se presentó el libro de Irma Verolín, siempre moviendo rápido la cámara de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Después cuando me pidieron disculpas por la escasez de público, me dijeron: ¿sabes qué pasa? es que hoy hay carrera de regatas . Yo dije: ah bueno, pero me quedé pensando si la gente que hace carrera de regatas lee mucho ( ¡ deporte y cultura un solo corazón!)
Publicado en Facebook 28 5 26
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65.
Con el paso de los años la propia memoria se va tornando como un amante medio ciclotímico, digamos un poco histérico. Lo que logramos recordar tiene demasiados escarceos, entonces nos convertimos en perseguidores de una memoria infiel. Pero, hay que reconocerlo, esta empedernida persecución también tiene su cuota de valentía. A veces cuando en mi casa voy de una habitación a otra y me digo: ¿qué vine a buscar aquí? O cuando con obstinación intento traer a mi mente una palabra o, un nombre que no surge ni por arte de magia me siento como cuando salgo a la calle con mi hidrolavadora a limpiar paredes y vereda: una superheroina en bancarrota.
Publicado en Facebook 30-5-23
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66.
La vejez es un caballo salvaje. Un caballo ágil y veloz que viene a recordarnos el pasado. Corre hacia atrás. Y el pasado es como una tinta china que en vez de deslavarse se va volviendo cada vez más nítida. Todo se convierte en espejo alrededor. Tengo la impresión de que si evitara verme en esos espejos, mi nombre se borraría de mi mente. La memoria esté hecha de imágenes y palabras, más que nada de palabras. Envejecer es entrar en el reino de las palabras. Al decir palabras, decimos: lo resbaladizo, lo intangible .
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67.
Ay, ese miedo
que le tenemos los narradores al gerundio (suerte similar corren los adverbios
terminados en “mente”). Estoy en la etapa artesanal de corregir y corregir una
novela que ya fue redactada y resulta que tiemblo ante la elección del
gerundio. El pobre gerundio tiene mala prensa. Es natural, posee la calidad de
lo que en las cartas sería el comodín. No es para menos, entre sus malas
cualidades figura la de ser acomodaticio, pero el peligro es que por esa
precisa razón lo evitemos por completo. Caramba, el gerundio merece también un
lugar en este destartalado mundo.
Publicado en Facebook 13-7-20
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68.
LA MÁQUINA DE COSER que me dejó en herencia mi abuela que murió con cien años encierra una historia. Una historia que no termina. A ver, un día me di cuenta de que no funcionaba bien. Encontré a un señor que justamente se había jubilado en la empresa que cerró de la marca de esa máquina. El hombre me dijo: "A esta máquina seguro la armé yo". Bien. Me la trajo arreglada, le pinté la tapa de azul, la base con aerosol, una lluvia azul en mi terraza nos envolvió a las dos. Pasó un tiempo. Y la máquina andaba mal. Llamo al hombre y resuelta que se había muerto. La llevé a otra casa y me dicen: "Esta máquina estaba fuera de punto". Jamás había escuchado eso. Como estar desencajada, salido de su eje, qué sé yo. Hay más historias, son muchas. No importa. Ahora sólo veo el rostro de mi abuela iluminado por la lamparita encendida de la máquina y a uno de sus ojos bien cerrado intentando enhebrar la aguja: Todavía mi abuela me sigue espiando por el ojo de la aguja. Mucha ropa salió de esa máquina y me cubrió el cuerpo desde que nací.
Publicado en Facebook 14-4-15.......................................................




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