69.
El otoño es puro viento y estos primeros fríos empujan a mis gatos a buscar fragmentos de sol que entran por las ventanas. En estos días suelen pasar las tardes aquí, en el estudio. A las hojas que vuelan con inconstancia las confunden con mariposas y hacen temblar sus bigotes y mueven sus patas hacia el vidrio, muy emocionados. Qué suerte que tienen mis gatos, ven un mundo lleno de imaginación.
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70.
ALMA CIRUJA: Encuentro cosas en la calle y las traigo para mi casa. Cuando salgo a caminar se producen estos encuentros, a veces son objetos para reciclar, a veces para tirar (las recojo, las guardo y después no sé qué hacer con ellos). Tengo sillas que pinté, mesas, floreritos, libros, por supuesto. Soy un alma ciruja que no lo sabe disimular. La semana pasada encontré este bastidor que representa una brújula. No necesita reciclado. Descreo de las casualidades, el universo es una unidad, algo querrá decirme este cuadro. Personalmente lo encuentro muy auspicioso, una brújula no tiene, yo diría, contratiempos, es un símbolo que le viene muy bien a la vida de cualquier persona.
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71.
Me dice la veterinaria alzando alertadoramente las cejas: “A este gato no se lo puede dejar solo ni un momento”. De modo que voy y miro a mi gato. ¿No tiene los ojos muy tristes? ¿Le pasará algo? ¿Qué hago si sigue respirando tan agitado? Se lo ve un poco abatido en estos días. ¿Le habré dado las pastillas muy bruscamente esta mañana porque tose sin parar? Y si sigue tosiendo, seguro, le va a afectar el corazón. ¿Estará cansado? ¿Necesitará que le adelante el electrocardiograma? ¿Por qué me mira así? ¿No está un poco pálido? No, pálido no, si está cubierto de pelos… Lo que se dice responsable, soy responsable, además lo quiero mucho, pero para ser sincera este gato no es muy colaborador que digamos, ay, ahora está tosiendo ¿habré hecho todo bien?
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72.
MIS SÁBANAS AL SOL: Lavarlas, he escrito sobre el acto de lavar la ropa, sobre ese restregar y restregar para quitarle a la tela la suciedad del mundo. Pero las sábanas entran en una suerte de dimensión sagrada, hablan de intimidad, de estados oníricos, de amores, de abrigo. También: la sábanas y el sueño, las sábanas y la ensoñación cuando el cuerpo se deja estar a resguardo tendido, sin miedos. Me gusta verlas desde la calle ondeando en las terrazas. Con mi gatito enfermo ahora las sábanas han alcanzado otra connotación, pero siempre son eso inefable… me acordé de la canción de María Elena Walsh “Sábana y mantel”. Como una tonta me emociono al hablar de las sábanas, debe ser porque en el fondo las sigo viendo a mi bisabuela y a mi abuela en la azotea en aquella casa grande que, con el correr de los años, se ha ido agrandando más y más para mí.
Publicado en Facebook 26-4-18
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73.
En la calle me crucé con una mujer que le hablaba a su perro (el perro con el hocico hacia arriba mirándola, ella con el dedo advertidor hacia abajo). Al parecer le pedía explicaciones al animalito sobre el porqué había meado en sitio inconveniente (ahora las manos en jarra de la mujer, el ceño fruncido). Ante la falta de argumentos perrunos (perro con expresión de perplejidad), la mujer emitió una serie de improperios. Tenía razón mi abuela cuando me decía que en la calle puede pasar de todo.
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74.
No hay mucho que decir. A veces la vida
acontece, nos acontece, se despliega por dentro de nosotros y se desparrama
alrededor, entonces somos testigos y a
la vez protagonistas. A veces no hay nada que contar porque lo que nos sucede
no tiene palabras, no encuentra palabras. La vida es demasiado grande y, de
pronto, las palabras no alcanzan.
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75.
Es curioso, en las publicidades el verano aparece como un tiempo de expansión, de
despliegue, de desborde, de proliferación de toda clase de desnudeces. La
gente se echa al mundo a apropiarse de él, de los cuerpos, a devorar lo que
encuentra a su paso. Para mí el verano es un espacio de silencio, de
introspección, de buceo. Será que soy rara, que siempre voy contra la
corriente, o es el mundo el que vive
equivocado. Fue en verano cuando desde chica descubrí lo más importante, lo
inexplicable como el sexo o la mística o ese reducto del la existencia llamado
“siesta” que no ha sido más que un germen de la literatura. Las siestas son
como la noche pero con luz, un mar sin agua, el mejor lugar para que las
palabras dejen afuera lo que no se necesita. Sin las siestas del verano quién
sabe qué hubiera sido de mí.
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