76.
Paso por la verdulería y digo: ¿Pomelos?
(después me di cuenta que dije “¿pomelos? con un tono de incredulidad o cierta
incertidumbre metafísica como si hubiese querido decir “Ábrete sésamo” o cosa
por el estilo). El verdulero hace un gesto de disgusto o perplejidad o vaya a
saber qué para luego decir: No, no
tengo, salen fortunas. (¿? ¡!) ¿Qué me quiso decir? ¿Un ojo de la cara o un
diamante por un kilo de pomelos? Nadie niega la inflación pero elevar el precio
de los pomelos al de una fortuna me pareció demasiado. Me acordé que este era
el mismo verdulero que semanas atrás había tenido ideas extravagantes para huir
de la ola de calor… Seguí caminando con cierto desconsuelo. Algo no estaba bien, la situación me había
arrinconado en un intríngulis porque en el fondo toda fruta, cualquier fruta es
un símbolo del paraíso y yo había sido expulsada de buenas a primeras por culpa del ministro
de economía.
Estábamos en el elegante baño de una institución. Hermosos jabones, limpieza perfecta, brillo y lujo. Todo muy lindo pero no había papel higiénico. Entonces una mujer en estado de desesperación gritó: ¿Dónde hay una mucama aquí? Era una señora con un brillo first class en los ojos y unos anillos que debían costar un dineral. Movía sus dos manos como aventando el aire mientras miraba hacia los cuatro puntos cardinales con ansiedad doméstica. Me dio risa, la palabra “mucama” no figura en mi vocabulario. No apareció nadie, por supuesto, y nos quedamos todas allí mirándonos con perplejidad. Así es la vida.
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Estaba haciendo la fila para comprar verdura orgánica hablando de cosas importantes como por ejemplo qué conviene combinar con qué otra cosa para hacer buena digestión, cuando la señora de adelante en medio de su conversación dijo la palabra “ternura”. Luego le acarició la espalda a su interlocutora como indicando lo que tenía que hacer. No entendí de qué hablaba pero sobrevoló todo el tiempo la honda aureola de la palabra “ternura”. Es una palabra que muy poca gente usa. Creo que la última vez que la escuché fue en el Museo de la Revolución en la Habana, salía de un televisor y, para mi sorpresa, la había pronunciado el Che Guevara.
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Me gustan las ferreterías, me parecen muy misteriosas. Entré y compré tornillos. Cuando voy a pagar el muchacho me mira y me dice: ¿Vio que acá es más barato que ir a la farmacia? Y paso seguido nos pusimos a hablar de la vida, de la muerte y del sistema de salud. La vida es intensa, la vida vale oro, pensé. La charla resultó profunda y yo me fui, conmovida, abrazando mi paquete de tornillos de un plateado reluciente y la bolsita con el cemento fulminante.
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El significado de las cosas. Cosas. Objetos que acumulo en mi
casa, esa tarjeta de cartón que me dio mi prima con dos niños de los años
cincuenta, se la regaló mi mamá y ahora ella me la dio. Otros objetos, me
pregunto qué pasará con ellos cuando yo no esté, perderán su significación, se
volverán desperdicios. Es mi conciencia la que le otorga valor a lo que me rodea.
En realidad son solo objetos, lo importante está en mi conciencia, ese broche
de oro que soy yo misma, tesorito mío, como las palabras que también atesoro,
alhajas que brillan en la oscuridad, mis palabras.
Publicado en Facebook 9-2-21
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En la calle mujer me para y me dice: ¿Le puedo hacer una pregunta (sonamos, se viene el mangazo, pensé, pero igual le contesté que sí, no suelo salir corriendo). Ella: ¿Me puede decir dónde se hizo ese corte de pelo? Me lo corto yo, le digo. ¡No!.( el gesto de admiración de la mujer me halagó, no iba a decirle que el resultado de mis cortes de pelo en el baño son muy variables porque dependen de la humedad ambiental, de mi estado de ánimo, de que se produzca cierta alineación planetaria o que no me falle el tijerezo especialmente cerca de la nuca) Bueno, me excusé, no siempre me sale bien, ¿sabe qué pasa? no quedo conforme con lo que me hacen en la peluquería y me cansa ir. Me dice: ¡Y claro además hay que pagar! La última vez me hicieron un corte cuadrado. Un desastre. La mujer tenía un hermoso color blanco grisáceo, no se teñía. Me gusta el color de su cabeza, le dije. Es que yo no encuentro un tono adecuado para mí, ¿sabe lo que pasa mi piel cambia de color, un día es rosada, otro amarilla, esto nos pasa a las trigueñas (yo soy trigueña y no me pasa eso, no padezco semejante camaleonismo epidérmico) Después del mucho intercambio de elogios nos despedimos con bastante naturalidad.. (Es la segunda vez esta semana que me ponderan el pelo, ya no sé qué pensar ¿será verdad?)
Publicado en Facebook 31-10-22
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