83.
Sucursal de banco, tres y media de la tarde. Me llevo un libro para leer, el último ensayo de Colombres publicado por Colihue. Entro en un estado de ensoñación y el texto, de por sí lírico, me lleva a garabatear algunos poemas. Una niña gira y gira, me hace pensar muchas cosas, mi primer libro se tituló “Hay una nena que gira”, dice por ahí: “La nena da vueltas y vueltas como si ella misma fuera un mundo sobre el que se apoyan otros pies”. A los chicos les gusta girar, a los chicos les gustan las escaleras, me digo con cierto asombro. Tarda horrores en llegar mi turno. Cuando llega voy corriendo dando saltitos hasta la caja. La empleada me dice del otro lado del vidrio, del otro lado del mostrador: “Estoy muy cansada”. Me lo dice como una especie de expiación. “Consuélese, va a tener cuatro días de feriado largo”, le digo. “Ay no, después lo que viene es aterrador, la gente me va a cansar mucho más”, me contesta. “No piense ahora en el martes”, le digo. Brumosamente la imagen del público entrando en aluvión un lunes allá por jóvenes años de empleada en los setenta me hace temblar los huesos. Y cito mi frase de rigor: “Yo también fui empleada bancaria en época sin computadora, todo a mano, y la entiendo”. Le sugiero: “Cuando vuelva a su casa, dése una ducha, limpia el áura. Soy maestra de Reiki”. Citados mis dos únicos prontuarios honorarios, me marcho no sin antes advertirles a los que esperan su turno que la cajera está muy cansada, mi aire redencional no tiene límites. Sé que a la gente le gusta esto de la energía y se consuela si le digo que soy maestra de Reiki, cosa que es verdad, pero que no sé si hace mucha diferencia al fin de cuentas. Lo que noto es que cada vez más se me da por confrontar mi juventud analógica con esta cotidianeidad digital, como si al hacerlo presentara un documento de identidad.
Publicado en Facebook 5-10-22..................................................
..................................................
Recuerdo esa sensación. En un momento determinado cuando los textos habían alcanzado un punto de maduración yo iba a comprar hojas, de las más espesas, al introducirlas en el rodillo de mi Underwood hacía un ruido de cartón y su espesura pretendía acompañar la espesura de mis relatos. Con las hojas compraba la cinta para la máquina de escribir enrolladas en torno a un círculo de plástico, venía en dos colores: rojo y negro. Yo me sentía conmovida y exultante a la vez. Ahora ese rito terminó, encender la computadora, ver la luz flasheando e imponiéndose después, los muchos colores y el diagrama de la página blanca sobre fondo sepia, es distinto, sin duda, pero lo que siento se parece mucho. La vida alcanza su momento culminante en una acción mínima, aparentemente trivial pero por los costados se filtra la inmensa respiración del mundo.
..................................................
Hora pico en el subte. Casi todos de regreso a casa. Siento un olor, un olor familiar. Y murmuro: “¡Qué aroma a flan!”. La muchacha que estaba a mi lado dijo: “Es mi perfume, no es a flan, es a vanilla”. “Claro - le comenté- flan de vainilla”. Y nos reímos las dos. La verdad, para ser sincera yo prefiero las fragancias a flores. A determinada hora del día es muy peligroso usar ciertos perfumes especialmente al atardecer cuando la gente tiene hambre, porque en cualquier momento alguien por ahí te tira un tarascón.
Publicado en Facebook 19-8-14..................................................
PAPELITOS.
Con cierta frecuencia encuentro en mi vereda boletas cortadas a mano en pedacitos. Hay en la esquina un negocio de lotería y se ve, calculo yo, que la persona viene leyendo y justo cuando llega a mi casa lo desecha. En los últimos días aparecieron papelitos de toda clase en mi umbral cortados así, a mano. Miro, espío, no veo a nadie. ¿Quién me tira papelitos? La última vez después que quitarlos me dio bastante trabajo pensé que bueno, en fin, son como papel picado ¿cuándo se tira papel picado? En carnaval y es una fiesta divertida, como en la cancha también. Decidí que es un acto celebratorio. Y listo. Ahora… eso sí, tengo unas ganas de pescar in fraganti a la susodicha o al susodicho, de agarrarlo con las manos en la masa para hablarle con ese tono de directora de escuela jubilada que me aprendí tan bien sin haberlo sido nunca. Aunque debo confesar que no descarto que quien juega a la lotería se gane la grande y así terminamos de una buena vez con este asunto.
..................................................
..................................................
Primero estuve viendo un
documental sobre el Everest. Escaladores actuales recreaban las
condiciones en las que escaló en 1924 un inglés llamado George Mallory, un hombre muy joven que se
perdió en la montaña antes de llegar a la cima. Encontraron su cuerpo congelado
80 años después. Imágenes de la escalada actual en contrapunto con la frustrada
en la década del veinte. Luego me puse a leer el diario de Alejandra Pizarnik, una Pizarnik todavía
joven, antes de su primer viaje a París que habla de su obsesión por escribir,
siempre tentada con la posibilidad de enloquecer. Dos actividades diferentes
pero una misma mística: Esa minúscula figura humana en medio de la blancura de
la nieve, con cada paso un peligro y la muchacha pequeña desafiando la página
en blanco. En los casos se interponía con esplendor la idea de la muerte.
Publicado en Facebook 22-7-15
..................................................

Comentarios
Publicar un comentario