36.
Principios de los años setenta:
Con un gesto entre espantado y reprobatorio, ahí en mitad de la vereda mientras estaba barriendo, mi vecina me dice : "bueno, al fin de cuentas vos sos una muchacha que conoció el amor libre". No supe que contestarle, pero deduje que ella era una mujer que, al menos hasta el momento, solo había conocido un amor prisionero, un amor esclavo. Meterme adentro de mi casa sin decir una sola palabra fue mi mejor muestra de compasión hacia ella. El tiempo corría rápido entonces, alguna llegamos antes al futuro para que nos encandilara o nos dejara ciegas.
Verano del 83. Hice un largo viaje por el noroeste argentino. Venía desde la Rioja y recalé en San Fernando del Valle de Catamarca. Y empezó a llover. Llovió en casi toda la provincia durante una semana. Me anoté en un curso de telar para esperar que escampara. Resulta que la profesora era una catamarqueña muy regionalista y me dijo: usted tiene que aprender desde el principio. Entonces me puso a hilar, vale decir, la lana de la oveja tenía que ser estirada por mis dedos hasta convertirse en hebra. Se ve que no me salía bien y fue inútil que yo quisiera pasar al siguiente paso explicándole que en las calles de Buenos Aires no hay ovejas. Una semana dale que dale estirando lo que no se dejaba estirar. Me fui a Tucumán sin haber hecho otra cosa que enrollar esos indomables pedazos de lana que les habían arrancado a las ovejas. Hilé e hilé como la muchacha arquetípica de los cuentos folklóricos. En Jujuy conocí a mi pareja que me llevó a vivir a Misiones y después a Córdoba. Fue un viaje mítico, por supuesto.
El dentista, después de haber hurgado y empleado el espanto del torno en mi boca me mira con una cara que no sé cómo traducir. ¿Estará a punto de ofrecerme casamiento? No, sospecho que no, mueve la cabeza hacia un lado y hacia el otro diciendo: “Qué desastre”. Se refiere a mi boca, por supuesto. Después agrega con cierto gesto de asco: Mucho nervio, bruxismo, ¿usted duerme bien de noche? La mención de la palabra “noche” en la misma oración donde aparece “desastre” no es precisamente un toque romántico. Menos mal que estoy acostumbrada al infortunio, que si no…
Publicado en Facebook 10-3-14
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41.
CREER ES CREAR. Algunas personas consideran que yo
soy muy imaginativa o fantasiosa. Y sí, es cierto pero lo piensan porque suelo
contar historias de hechos mágicos. La verdad es que los he vivido; y los he
vivido porque creo en la magia. Creer es crear: para que algo ocurra debe disponerse
de un espacio en la mente, es necesario abrir esa posibilidad dentro de sí
misma/o. A mente estrecha, pobreza de experiencias, si el espacio es reducido,
el contenido también lo será. Me acuerdo de cuando
le contaba sobre mis experiencias a un querido poeta, lúcido, brillante, que
estaba muy interesado en mis vivencias en el sur de la India, él solía decirme
que anhelaba tener una experiencia, que él también hubiera querido vivir eso
pero, por desgracia, me explicaba, no creía. Entonces me repetía: necesito ver
para creer. Yo invariablemente le contestaba que era al revés, que primero
tenía que creer para después ver. Pienso que yo ya llegué a este mundo con
cierta incredulidad y, en el fondo, sospecho que esa especie de ingenuidad me
ha venido salvando y me ha abierto algunas puertas que, espero, no se cierren.
Publicado en Facebook 2-11-16
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42.
Había llovido desde la mañana. Y en los noticieros de la televisión, los periodistas tenían rostros pálidos. Escuché varias veces en el patio el canto de un pájaro que viene de vez en cuando, vaya a saber desde dónde. Ordené unos cuantos cacharros en los estantes de la cocina. La lluvia golpeó sobre los vidrios de mis ventanas rítmicamente. Sonó el teléfono y fue número equivocado. No pasó el cartero. No tuve ganas de comer. Aquel día se murió mi gato.
Publicado en Facebook 7-11-17
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