50.
No hay mejor sitio para pensar la vida que
un velatorio. Hablábamos de eso ayer domingo. Alguien dijo que cuando muriera quería el cajón cerrado y
arriba una foto de cuando era joven. Otro pidió sobriedad. No faltó quien
hablara de lo alegre y de las cintitas de colores. Yo no, yo conté que tengo
miedo de que nadie venga a mi entierro.
Nada más triste que un entierro desolado. ¿Y si desde ahora contratamos gente?
Digo, una especie de claque… De lo triste a lo patético, hay sólo un paso.
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51.
¿El lector puro es una especie en extinción? A mí me ha pasado como a todo el mundo que escuché la frase consabida: “Ah, yo también escribo” y entonces ipso facto el emisor de la frase saca del bolsillo un manojo de papeles arrugados escritos la noche anterior. A la gente le gusta leer en voz alta, donde sea, sobre el cordón de la vereda, en el subte, en el consultorio del dentista. En fin. Hace unos años el esposo de una parienta me invitó a comer. Después de escuchar la frase “Yo también escribo” soporté veinte páginas de un cuento, obviamente inédito, que dejó de serlo en el momento en que mis vírgenes oídos lo escucharon. El problema es que la gente que también escribe espera devoluciones fulminantes después de la fulminante lectura. Se buscan lectores puros, nosotros; por supuesto ya dejamos de serlo.
Publicado en Facebook 26-11-14
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52.
Se vuelve complicada la situación cuando el amigo que nos invitó a comer está cocinando -la olla hirviendo, los ravioles desparramados sobre la mesada- y él , sólo porque se acuerda –muy mal- de su ex mujer de la que separó hace treinta y cinco años, empieza a volcar más y más sal en la olla con gesto frenético. Enervado por el escabroso recuerdo casi vacía el contenido del salero en el agua. En fin. Después me pasé toda la noche despertándome a cada rato para tomar agua. No es bueno recordar antiguos matrimonios en el momento de practicar el arte culinario y más aún si hay gente invitada para la cena.
Publicado en Facebook 5-4-16.........................................................
53.
Domingo temprano a la mañana: maravilla este silencio, este no mundo, este mundo apagado. Es la mejor torre de marfil que conozco. Con perseverancia, con terquedad me dedico a pulir un lenguaje resistente, y muy pocas veces dócil. La tarea de transformar en un objeto lo más precioso posible eso que sirve para decir “Buenos días” o cualquier otra frase me convierte en la persona que soy. De tanto en tanto, como por arte de magia, aunque se trate de todo lo contrario, logro que la palabra resplandezca. Decimos “escribir” y es como si dijéramos “vivir". Sin este ejercicio creo que con más frecuencia yo desaparecería del todo.
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54.
Volví con mi changuito al Galpón a comprar verdura orgánica. Una mujer caminaba a mi lado. Cuando entramos en la callecita que lleva a un único sitio, la venta de verdura, la mujer me sonrió y alzando elocuentemente sus cejas me dijo: ¡Cada día somos más! Por su forma de hablar no se sabía si éramos conspiradores del orden público o inocentes vegetarianos. La cuestión es que yo avancé orgullosa al lado de la señora con mi alma henchida de espíritu revolucionario.
Publicado en Facebook 18-4-12
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55.
Ordenando placares encuentro cosas que hice con mis manos. Esta creo que es una de las pocas carteras que guardé, las fui regalando. Ahora salvo en escasísimas ocasiones manipulo el cuero crudo, ha sido reemplazado por el ecológico. Sigo conservando las herramientas para trabajar el cuero: cinceles, sacabocado, cutter, pirograbador y muchas otras. Lo que puedo realizar con mis manos es siempre sanador, reordena el mundo, acomoda las neuronas, alegra el corazón. Los Verolin hemos seguido el precepto de los monjes benedictinos: ora et labora. Y no nos ha ido nada mal en ese aspecto. Mi bisabuelo Don Antonio vino desde Italia trayendo el apellido, su oficio de talabartero, su anhelo de encontrar otra patria y también su alcoholismo. Todo vino en el mismo barco.
Publicado en Facebook 4-8-21
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56.
Amo el subte. Pero con mucha frecuencia de regreso se para
indefectiblemente en la estación Federico Lacroze. Hay que bajar y esperar el
siguiente vagón. Hoy ocurrió eso. La voz que sale por los parlantes adquiere de
repente un tono enfático, nada persuasivo, digamos que con un estilo
penitenciario y eleva el tono. Dice: “Esta formación (sí, dice la palabra “formación” y no se
puede menos que pensar en el colegio o en la colimba) se detiene en Federico
Lacroze. Todos los pasajeros deben bajar (ahí la voz adquiere un tono de
amenaza). Deben bajar -insiste- esta
formación va a guardado”. (Y una se imaginaba la oscuridad tenebrosa
envolviendo al distraído que no bajó
sufriendo una noche de espanto).
Entonces las luces del vagón se prenden y se apagan intermitentemente y todo se parece a una
requisa policial. La gente que está abstraída
ante los cuadraditos luminosos de sus celulares o con los audífonos puestos, abre los ojos, impávida y se empieza a mirar con aire entre
sospechoso y fastidiado. A esta hora de
la noche, el tono de la voz autoritaria, más las luces intermitentes, más los
ideogramas japoneses de los vidrios hacen que una no sepa muy bien dónde está.
La cuestión es que todos salimos en malón y nos quedamos ahí, en la estación
Federico Lacroze esperando el próximo vagón tratando de olvidar que
justamente esa es la estación del
cementerio. Hoy mientras esperaba miré enfrente cuando el hombre del kiosco de
revistas bajaba la persiana. Y descubrí
los dos grandes carteles que me ilustraron sobre las verdades de la vida: “La
letra es el alimento de la juventud”. “La lectura es el recreo de la vejez.”
Amo el subte.
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